Niños y pantallas: qué se pierde cuando la tablet reemplaza al juego y a la presencia

Una mirada sobre el uso de pantallas en la primera infancia.

Desayunan con la tablet. Almuerzan con el celular. Cenan con la Play. Juegan con la tele.

¿Las pantallas son malas para los niños? No necesariamente, ni por sí solas. El problema aparece cuando ocupan el lugar del juego y de un adulto presente, porque esas dos cosas son las que un niño necesita para crecer.

¿Qué pasa cuando las pantallas ocupan el lugar de los adultos?

Nunca antes los niños habían estado expuestos tan temprano a tanta información y a contenidos para los que su cerebro y su aparato psíquico todavía no están preparados. Durante generaciones, los padres fueron los referentes primordiales de un niño. Hoy, muchas veces, son las redes y sus contenidos quienes les dicen qué hacer y cómo ser.

Son mandatos e ideales que no estructuran, no crían, no contienen y no fallan. Y ahí está el problema. Una pantalla siempre responde, nunca se cansa, nunca dice “ahora no”. Un adulto, en cambio, falla de a poco, y al hacerlo le enseña al niño a esperar y a tolerar la frustración.

Hay además una dificultad psíquica: el niño recibe más estímulo del que puede procesar. Sin un adulto que lo ayude a ponerle palabras a lo que vio y sintió, eso queda adentro, sin elaborar.

¿Por qué es tan importante el juego?

Hay niños que casi no juegan y pasan mucho tiempo solos con la pantalla. Y hay adultos que, muchas veces agotados, no llegan a mirarlos, a estar presentes, a contenerlos ni a hacer de referencia.

Jugar es la forma que tiene un niño de elaborar lo que vive. El nene que juega al médico después de una vacuna, o la nena que hace “retar” a su muñeca, está repitiendo en el juego lo que lo inquietó para poder procesarlo. Sin juego se empobrecen la elaboración y la creatividad, y la infancia pierde lo que tiene de más propio.

¿Qué necesita un niño del adulto?

El niño necesita del Otro para todo esto: para contenerlo ante su impulsividad, para acompañarlo a transitar las frustraciones y para brindarle sostén y apoyo. A eso llamamos “poner el cuerpo”: estar presente con la mirada, la voz, el abrazo y el tiempo.

Presencia, mirada y palabra, las tres cosas que ninguna pantalla puede ofrecer de manera personal.

¿Las pantallas pueden afectar el lenguaje?

Cada vez más profesionales de la salud nos encontramos con niños pequeños, de alrededor de 3 años, con retrasos importantes en el lenguaje. En muchos casos no hay un virus ni una causa orgánica identificable.

Distintos estudios asocian esos retrasos con una exposición excesiva a las pantallas, especialmente en niñas y niños que nacieron o crecieron durante la pandemia y que pasaron mucho más tiempo frente a ellas que cualquier generación previa. Es una asociación, no la única explicación posible: el aislamiento y la menor cantidad de intercambios cara a cara de esos años también pueden haber influido.

El lenguaje se aprende en el intercambio. Cuando alguien le habla al niño, lo mira, espera su respuesta y vuelve a hablarle. Una pantalla habla, pero no espera ni le responde a ese niño en particular.

Si notás que tu hijo habla menos de lo esperable para su edad, conviene hacer una evaluación con el pediatra y con un fonoaudiólogo.

¿Cuánto tiempo de pantalla es razonable?

La Organización Mundial de la Salud recomienda evitar las pantallas en menores de 2 años y limitarlas a una hora diaria como máximo entre los 2 y los 4 años, con una consigna sencilla: cuanto menos, mejor.

Más que contar minutos, importa preguntarse qué está reemplazando la pantalla: una charla, un juego, una comida compartida, una siesta, el aburrimiento que da lugar a la imaginación.

Ideas prácticas para empezar

No se trata de culpa. Muchas familias recurren a las pantallas porque están agotadas, sin red de apoyo y con la carga mental de todo. La pregunta no es cómo eliminarlas de un día para el otro, sino cómo recuperar presencia de a poco.

  • Una comida al día sin pantallas, aunque sea una.
  • Mirar juntos y conversar sobre lo que el niño está viendo.
  • Un rato diario de juego sin pantalla, con un adulto presente que juegue con él, no al lado.
  • No usar la pantalla como único recurso para calmar un enojo o una espera.
  • Pedir ayuda a tiempo, ya sea de la familia, de profesionales o de una persona de confianza que cuide.

Una cuidadora presente, que juega, conversa y propone actividades sin pantalla, puede ser una gran aliada en esa tarea. Una niñera no reemplaza a mamá ni a papá: suma presencia, juego y palabra en la vida cotidiana de un niño.

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Por Lic. Claudia Griffa (UBA) · Psicoanalista · M.N. 28591 · Socia fundadora de Cuídame Mucho

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